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El más sublime Crucificado de la escuela
granadina y de su Semana Santa es el Santísimo Cristo de la Misericordia,
que realizara José de Mora en su casa del
Albaicín,
llamada de los Mascarones, en cuya fachada se instaló hace muchas décadas
un azulejo en el que se indica que allí el insigne escultor talló en 1695
este Crucificado, Paradigma de los Cristos andaluces y sin parangón entre
ellos; único y aunque con numerosas copias, irrepetible.
Imbuido de
misticismo el autor se hincaba de rodillas en un rezo fervoroso cada vez
que cogía la gubia para esculpir ese Crucificado, encargado por los
llamados Clérigos Menores de San Francisco de Caracciolo para su Iglesia
de San Gregorio Bético. Allí levantaron una capilla a él dedicada,
recibiendo culto de sus devotos durante gran parte del siglo XIX. Pasó a
San José en la década de los sesenta de ese siglo, probablemente por las
profanaciones del templo, al quedar éste en propiedad pública, a las que
alude Gómez Moreno en su Guía Artística de Granada.
La fecha de 1695 se da como la de su posible realización, ya que en ese
año los frailes
amplían la Iglesia y la capilla donde recibía culto. Correspondía esa
fecha a la época de madurez artística de José de Mora. Cean lo tuvo que
conocer, describiéndolo como “Crucifijo de tamaño mayor que el natural
(está) en su propia capilla”. Después de su realización y hasta la
exclaustración se le denominó con la advocación de Cristo de la Salvación.
En la década de los años cuarenta del siglo XIX, se le conoce como Cristo
de la Expiración; probablemente la agrupación de devotos que le daba culto
en esa época, dedicándole un septenario y función después de Semana Santa,
sería quien le impusiera este nombre. La referencia a la imagen durante el
primer cuarto del siglo XX, cuando ésta es posesionada en el llamado Santo
Entierro Antológico, es la de “Crucificado de San José”. Es la hermandad
de penitencia la que le da el nombre actual de Cristo de la Misericordia
en 1924.
Se presentaba la imagen con cruz de taracea, cuyo original aún se
conserva, corona de espinas con nimbo, ambos de hojalata, y unas
enagüillas, de las que se conoce la descripción de tres de ellas por un
inventario de la exclaustración. El Crucificado reposaba colgado sobre
unas cortinas de damasco morado de fondo y alumbrado con dos grandes
cirios. Veamos como lo describe el referido inventario:
“Un Santo Cristo de la Salvación –que era la advocación que recibía en ese
tiempo- de talla sobre una cruz de madera con embutidos de concha y nácar.
Diadema de hojalata y enagüillas de tisú de oro bordado con encaje, un
velo dividido en dos partes de damasco morado con sus varas de hierro.
Cuatro candelabros pequeños, dos de madera y dos de metal. Dos pedestales
de piedra para los ciriales... En la sacristía, tres pares de enagüillas
del Santo Cristo de la Salvación, una con ramos de plata, otra de raso con
lentejuelas y otra de gasa bordada de realce, todas con encaje”.
Este ajuar de cuatro toneletes y los cultos, que a lo largo de los dos
primeros tercios del siglo XIX la imagen recibía, denotan la existencia de
un grupo de fieles que a modo de congregación o agrupación que se
encargaba de organizar le devoción a la imagen.
Este
devotísimo Crucificado, orgullo del pasado y del presente artístico de
Granada, constituye el máximo exponente del idealismo devoto del autor en
el que plasma con rasgos de genialidad la muerte de un Dios-Hombre,
uniendo a un acertado clasicismo en el cuerpo, que irradia poder, junto a
un rostro de un dramatismo emotivo, sin dolor ni rictus, en el que
idealiza le muerte de un Dios, que sobrecoge a quienes lo contemplan.
La
faz semítica de alargada nariz cae hacia su pecho en el que apoya su barba
bífida, mientras un amplio mechón de sus cabellos cae sobre el hombro
derecho, recordando al Crucificado de Velásquez. Su marfileña policromía,
en contraste con el comedido paño de pureza de tela encolada en color
púrpura oscuro, y la cruz de taracea granadina ofrecen un singular
conjunto único en la imaginería andaluza y española.
Verdaderamente, nada en la obra de Mora alcanza al Cristo de la
Misericordia de la Cofradía del Silencio. Ni los Cristos castellanos, como
los tan importantes de Gregorio Fernández de San Pedro de Dueñas, de León,
o el de la Luz, de Manuel Pereira, de la Catedral de Segovia, ni los
sevillanos como el de Montañés en la Sacristía de los Cálices de la
Catedral, o el del Amor, de Juan de Mesa, en la Iglesia del Salvador, o el
de la Expiración, del mismo autor, en la Iglesia de Vergara, o el conocido
por “El Cachorro”, de Ruiz Gijón en su Iglesia trianera. Todos ellos,
obras maestras de la plástica española, no alcanzan a la serena majestad,
a la unión perfecta del tipo con el arquetipo y del realismo más patente
con la nobleza y dignidad más elevada.
Efectivamente, es una obra de tal categoría que “no tiene, en la escuela
del Sur, ni antecedente exacto ni réplica que la iguale ni supere. Será
siempre el Cristo de Mora, el suyo y sólo el suyo; pero, a la vez, el
Cristo andaluz y, para nosotros, el más andaluz que conocemos. Y aún más,
es el Cristo español, según Gallego y Burín, pues, en él se sintetizan y
se funden las tendencias del alma fogosa y expresiva del Sur con la
serenidad y clasicismo del alma castellana. Por eso, no es sólo una talla
de absoluta belleza formal, sino que es una síntesis universal de estas
almas que aflora en la imagen en profunda comunicación con el fiel. Esto
explica la acertada veneración que generó desde antiguo, y como muestra
bien vale la opinión de un erudito del siglo XVIII, el P. Echevarria: “No
se puede omitir el esfuerzo que hizo el famoso Mora, en la imagen del
Santísimo Cristo de la Salvación. De tal suerte, imitó en él lo natural,
que ha sido, desde que se colocó en este Templo, el encanto de los que lo
miran y la admiración de los que penetran la fuerza del Arte; siendo ésta
en tanto grado, que uno de los mejores artistas no ha dudado en estampar
que sólo otra imagen se halla en el Reyno que le iguale”.
El Cristo de Mora es algo más que un Crucificado de tres clavos, pues, es
la divinidad encarnada en forma humana. Mora ve en él al Dios hecho
hombre, pero no al hombre que es Dios. El hombre es secundario. Lo
esencial es la vida. Y no hay que sacrificar esa idea a la humana
minuciosidad de su expresión. A Dios, y no al hombre, es al que Mora
retrata. En esta imagen el drama del hombre ya pasó, mas no como vendaval
que lo desarbolara, vistos los pocos rastros de la Pasión que en él
aparecen. Por el contrario, la condición divina parece que se está
acercando al momento en que ha de manifestarse plenamente. Y es que este
Cristo es el Cristo muerto, el entregado, el sacrificado. Mora le aparta
de luchar con la muerte, le sitúa más allá de ella, más cercano a su
triunfo sobre la muerte misma. Bajo sus carnes marfileñas, tiembla el
misterio de la Resurrección.
Su policromía es exquisita, fundida en su esencia con la escultura o
“escultura hermanada en su esencia con la policromía”, como prefiere
Sánchez Mesa. Y para ello, José de Mora, en esta obra, policroma en parte
a la veja manera. Pulimenta y abrillanta las carnes y las hace de hueso
viejo, de marfil sucio, que al iluminarse con la luz de los cirios, sobre
ellas finge temblores, se enrojecen y parecen vibrar. Esta carnación
brillante y regular dota a la imagen de la serenidad y equilibrio que
necesita para sobrepasar la muerte. Ni un rastro de violencia, pues,
Cristo se ha entregado voluntariamente a su inmolación en un sacrificio de
amor infinito, pero sin estar lejana la hora del “Resurrexit”. Es un
prodigio de armonía con que se acoplan los pardos de la cabeza y el
violáceo y mínimo paño de pureza de telas encoladas.
En esta sobresaliente obra, el autor no deja ningún detalle al azar; su
genio prevé hasta el último detalle de la emoción y el arte de su Cristo.
Éste pesa suavemente, sin grandes estirazones, aunque ganando esbeltez en
su alargamiento. La majestuosa cabellera se hunde dulcemente en el divino
pecho, diluyéndose delicadamente, en fenomenal efecto de la policromía y
no de la talla, la barba partida. Serena y espléndida, la cabeza presenta
boca entreabierta y ojos hundidos.
Ni la más mínima contracción del dolor ni rictus mortal. Reposa sobre el
hombro derecho suavemente. Los brazos están tensos por el peso de su
cuerpo, pero sin estridencias que distraigan el equilibrio de la figura.
Por eso, aunque estirados, no exageran el pronunciamiento de los
pectorales y la blandura de carnes se patentiza aún más en el vientre. Y
es que la anatomía se inicia, pero no se logra en vulgar detallismo. El
modelo (que seguramente lo hubo) sirve de medio, pero no de fin. La carga
de la cabeza hacia la derecha se equilibra inmediatamente con el avance
casi imperceptible de la pierna izquierda.
Leves
manchas de sangre apenas tintan las rodillas y pies.
Todo
es equilibrio en esta vertical figura, realzada por la marfileña claridad
de su cuerpo, plena de sentimiento, que luce sobre su característica cruz
de taracea granadina. Y es el sentimiento de misericordia el que fluye
como suave brisa que va apagando las luces y los murmullos a su alrededor,
en la madrugada del Viernes Santo, dejando todo mudo y quieto, en profundo
y oscuro Silencio. Según Gallego y Burín, “este Cristo es obra que debe
situarse en la época central de la vida de Mora, en su instante de
plenitud, posterior a la Soledad de Santa Ana y al Ecce-Homo de la Real
Capilla, que parece anunciarlo”. Este
soberbio Crucificado figuró en el desfile antológico entre 1909 y 1924,
salvo en 1922 y fue acompañado por la referida Soledad, del mismo autor,
entre 1918 y 1921.
Como de todos es sabido, era grande el deterioro de esta imagen antes de
su restauración, principalmente por estar constituida por múltiples piezas
que crecen y disminuyen de volumen según temperatura y humedad. Bastante
dañina resultó en este sentido la exposición sobre Alonso Cano celebrada
en 1967, debido al contraste entre húmeda y umbría capilla de San José con
las cálidas salas del Hospital Real, en donde tuvo lugar la exposición.
Esto agravó la, por otra parte lógica, pérdida de adhesividad de las colas
que unen las piezas con el transcurso del tiempo. Esto puede dar lugar a
que se resquebrajase la policromía, de tanta importancia en esta imagen.
Los escultores y restauradores de la Dirección General de Bellas Artes de
la Real Academia de Nuestra Señora de las Angustias dictaminaron en 1975
la inmovilización total de la misma en la Iglesia de San José, con el
objeto de que no se dañase más en los desfiles procesionales.
Para su sustitución se firmó un contrato con el escultor granadino Don
Antonio Barbero Gor, en el que éste se comprometía a realizar una fiel
copia de la talla de Mora. No obstante esta buena decisión, la hermandad
se encontró ese año, en el que precisamente se celebraba el cincuenta
aniversario de su fundación, con varias circunstancias adversas que le
iban a poner muy cuesta arriba poder realizar su estación de penitencia de
la madrugada del Viernes Santo. El templo de San Pedro, de donde parte
tradicionalmente la cofradía, estaba en obras; los gitanos costaleros
exigían unas sumas desorbitadas para sacar el “paso”, y la réplica que
tallaba el artista Barbero Gor aún no había sido terminada. A última hora
se consiguió una solución de urgencia: procesionar el Crucificado original
tendido sobre angarillas para no dañarlo y ser llevado a hombros por los
propios cofrades, efectuando la salida desde el Convento de San Bernardo.
La procesión de ese año fue toda una prueba de fe y del gran espíritu de
piedad y sacrificio que animaba
a los hermanos de esta cofradía.
La imagen tuvo que esperar a 1994 para ser
restaurada en una acertada intervención realizada por la profesora Bárbara
Hasbach. Hoy recibe los cultos de su hermandad a excepción de la procesión
de penitencia.

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